La crisis de la verdad como coartada para una sociedad posmoral

Por Arturo Martínez, doctor en filosofía, especialista en antropología y estética, poeta.

«Libertad no es decir lo que se piensa, es pensar lo que se dice«.

Unamuno

Solzhenitsin lo expresó claramente, “la defensa de los derechos individuales ha llegado a tal extremo que la sociedad en su conjunto queda absolutamente indefensa ante ciertos individuos. Ha llegado la hora de que en occidente se defiendan no tanto los derechos humanos como las obligaciones humanas”

Cuando uno observa cómo la realidad que vivimos se vuelve cada día más incierta, surge la tentación de opinar desmedidamente, de criticar lo que se ve, de buscar chivos expiatorios en los más oscuros rincones. Tanto es así, que ahora, se ha puesto de moda hablar de totalitarismo (palabra nada pequeña) aludiendo al gobierno de turno, culpabilizándole de la perdida de libertad de expresión, de sus supuestas estratagemas en connivencia con las fuerzas del estado para subvertir el orden constitucional y someter a la ciudadanía a un supuesto control ideológico, capaz en poco tiempo, de dibujar una nuevo paradigma social completamente sumiso y gregario, en donde los ciudadanos seamos capaces de obedecer en todo aquello que se nos mande con tal de que el miedo disminuya y la sensación de incertidumbre decrezca. Desconozco si esto es así, y qué hipnótica mano podría mecer esa cuna (tampoco lo descarto), pero me resulta imprescindible descender a la raíz del problema, porque solo cuando la sociedad está educada y es responsable de sus actos estamos verdaderamente inmunizados contra ese tipo de tentativas totalitarias. En todo caso, puestos a desconfiar de aquellos que dirigen y mandan, quizás debiéramos escuchar lo que decía la filósofa francesa Simone Weil, en 1943, durante la ocupación alemana: «La parte del alma que dice ‘nosotros’ es aún infinitamente más peligrosa», puesto que deja indefenso al individuo frente al magnetismo de lo colectivo y lo inhibe de sus responsabilidades personales. De esas responsabilidades personales habremos de hablar en lo que sigue, pero continuemos exponiendo el estado de la cuestión.

En la misma línea crítica de pensamiento, se encuentran aquellos que aseguran que el gobierno de turno, en nombre de una gestión “más eficiente”, aspira a una reducción de las libertades individuales, avocándonos a una especie de experimento social que por supuesto, anticipará lo que haya de llegar en los próximos meses o años, que será un gigante apocalíptico, solo comparable a la peor de nuestras pesadillas. Simultáneamente, otros tantos, señalan a la oposición de turno, la cual, supuestamente, aplica esa máxima bíblica de «no dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha». Es decir, disimulan buenos modales para doblegar a la pandemia, y a su vez afilan el cuchillo para sacar rédito electoral. En medio de toda esa confusión, las redes sociales y sus infinitos canales virtuales, se quejan de que se les pueda censurar en nombre de la paz social, y aseguran que vivimos bajo el yugo de un aparato militar, cuya policía del pensamiento anida en las redes censurando la libertad de los ciudadanos amparándose en una supuesta neutralización de bulos y otras noticias falsas, dañinas para la estabilidad del país. 

Hasta ahí, lo que se ve desde la superficie, la panorámica rápida. Y en esas estamos, en el centro de la vorágine, entre aquellos que quieren sembrar una nueva “dictadura” y los que se arrogan el deber de luchar contra ella en nombre de la libertad, pero sin asumir otra responsabilidad que el hecho de expresarse libremente sin hacerse cargo de las consecuencias de sus palabras. Están los que quieren limpiar el espacio virtual de bulos y los que quieren promover sus bulos en nombre de la democracia. Unos censuran y otros intoxican. Unos reprimen y otros ensucian. Unos destruyen la siembra y otros siembran el caos. Unos no dejan hacer y otros hacen hasta la extenuación. Pero en definitiva, ambos manipulan porque ninguno de ellos aspira a la verdad. Una verdad que empieza por la responsabilidad. Como decía Solzhenitsin, al final esa supuesta libertad nos ha dejado indefensos ante ciertos individuos, que no resultan ser uno o diez, sino que son millones de personas, porque los tiempos han cambiado e internet ha hecho el resto.

En esa guerra de números, en el fragor de los cálculos, donde todo debe ser medible, cuantitativo, conmensurable, donde la simple opinión quiere ser perspectiva, donde el relativismo exige con la mayor virulencia su derecho a estar, entre las medias verdades y las medias mentiras, de igual a igual, en pie de guerra. En medio de toda esa ceguera colectiva, donde las acciones son cada vez más irracionales y su veneno cada vez más efectivo, ya nadie se pregunta si aún podemos aspirar a la verdad. Al menos, si aún se puede aspirar al trayecto de la verdad, a su recorrido. Hace veintiséis siglos Sócrates tuvo que enfrentarse a los sofistas por esta misma razón, y como todos sabemos, el resultado de esa batalla se pospuso en el tiempo. El veredicto de la historia nos acercó en el siglo XIX a una bestia parda de talento sin igual, llamado Nietzsche, que vino a recalcar, que Protágoras y Gorgias, tenían razón. Que cada uno tiene que inventar sus propios valores a modo de interpretaciones de la realidad capaces de conferir sentido al mundo desde la propia vida, y remarcando esto último, pues esta es voluntad de poder. Esas estimaciones, esos valores, como es bien sabido, fundamentan las acciones que llevamos a cabo. Y en definitiva, ofrecen el armazón para el tipo de filosofía que define nuestra visión del hombre y su realidad. Pero ha pasado el tiempo, y por pasar, ha pasado hasta la posmodernidad líquida, y henos aquí, en medio del tumulto, sin valores absolutos, universales, al estilo de Sócrates, y sin valores individuales, relativos, al estilo de Nietzsche. Ya nadie espera al santo, pero tampoco al “superhombre”. Porque lo que subyace a esta crisis, es una crisis moral, y por tanto, de búsqueda de la verdad interior, de la coherencia entre lo que sentimos como verdadero y lo que hacemos. ¿Podríamos hablar de auto traición del ser humano? Está por ver.

Veamos. Los valores orientan la acción humana en una dirección u otra, y la conciencia juzga si esos valores son coherentes con aquello que decimos y hacemos. El problema viene cuando detrás de lo que decimos y hacemos no hay nada. Y por lo tanto, tampoco una filosofía ni una cosmología. Es decir, cuando detrás de las infinitas opiniones que se vierten en las redes, en los periódicos, en los medios, en las instituciones, no hay nada. Porque no hay proyecto, ni tampoco un vínculo real con la vida. Ni hay ecología, en el sentido holístico de la palabra, ni hay antropología en su sentido cósmico. Es decir, el problema que se esconde detrás de los infinitos y desgastados relatos que todos oímos a todas horas y en todos sitios, es que no hay una aspiración seria a la verdad. Por supuesto, tampoco al bien. Solo existe un reclamo de poder, el poder seguir diciendo lo que se quiera a todas horas, como si el decir pudiese edificar algo cuando ese decir está vacío y es irreflexivo. Un decir que no aspira a la verdad, ni de los hechos, ni mucho menos del misterio holístico y trascendental que es el ser humano. Es un decir hueco. Desde el presidente de los Estados Unidos hasta el último usuario de Twitter agazapado en las redes, encontramos un ruido insoportable, y una velocidad endiablada, incompatible con cualquier tipo de digestión intelectual que la razón pueda llevar a cabo. Lo mismo sucede en el ámbito de la sensibilidad. Pero nuestro único reclamo es que podamos seguir gritando sin restricciones en las redes, que podamos seguir diciendo aquello que nos plazca, que podamos seguir gozando de todas nuestras libertades sin restricciones. Y yo me pregunto, ¿para qué? Si la búsqueda de la verdad no es el motor de todas esas tareas, para qué desempeñarlas. 

Y es que el primer paso en la búsqueda de la verdad es hacerse responsable de lo que uno dice y hace. ¿Cuántos en esta sociedad están dispuestos? Responsable de lo que uno dice, hace y de sus consecuencias, claro. Porque solo aquel que es responsable de las consecuencias de sus acciones merece el derecho a esa libertad. De la misma manera, sin libertad tampoco somos dueños de nuestras acciones ni responsables, pues es su condición de posibilidad. De manera que la búsqueda de la verdad está muy vinculada a la ética, como no podía ser de otra manera. Al menos en el campo de la acción existencial. ¿Cuántas veces han escuchado a un político pedir perdón? ¿Cuántas veces han visto a un usuario en las redes pedir perdón? Decir, “disculpen, me he equivocado, mi oponente tiene la razón”.

Estamos en la posmoral. Parece imposible pero está pasando. Un hombre podría matar a otro y al instante negarlo. No para esconder el crimen, o por miedo a que la policía le pueda encarcelar, sino porque la fuerza de sus palabras vale tanto como las mías, aunque quizás he visto como el asesino cometía dicho crimen delante de mis ojos. Ambos discursos aspirarían a la hegemonía y ambos se podrían propagar por las redes con la misma fuerza y la misma contundencia, hasta el punto de que acabasen siendo indiferenciables. Ambos tendrían sus defensores y sus detractores y litigiarían de igual a igual. Ya no nos encontramos en el viejo escenario en que el fin justificaba los medios, y la mentira era un medio para alcanzar un “bien”, estamos en una compulsión más allá de la moral, que además no necesita justificación ni referencia a un supuesto valor subyacente. El decir y el hacer es autorreferencial porque no se sustenta en ningún tipo de valor y no apunta ni se proyecta hacia algún tipo de construcción ideal. Tampoco estamos en la antigua erística donde algunos intentaban convencer al auditorio con medias verdades o con floridas opiniones para esconder sus puntos débiles, ahora la mentira está aceptada y se camufla en el infinito caudal que los medios de comunicación ofrecen.

Hoy en día, más que nunca, lanzar la piedra y esconder la mano entre la mansedumbre confusa y desorientada es la maniobra más eficaz. No hace falta rectificación porque nadie la espera, hemos dado por hecho que la única forma de llevar razón es gritar más alto, y entre tantas medias verdades, la mentira es el arte más poderoso. El impacto de una verdad lenta y meditada no puede competir con una mentira, no puede ganar el foco público a un bulo o una falsedad. Porque las personas no quieren ser receptores atentos y lúcidos de la realidad, quieren ser actores principales, en su defecto, impulsores secundarios, del montón. El ego y su manifestación se imponen con desesperación sobre el afán de conocimiento.

Así como en las vanguardias artísticas, se decía, que el espectador era el que activaba la obra, en la vida social, es la mansedumbre la que valida o invalida cualquier tipo de mensaje, con la problemática añadida de que toda democratización de la información a la baja genera un volumen de noticias que acaban por ahogar las pocas que realmente se esfuerzan por hacer un análisis profundo y riguroso de los asuntos cruciales que verdaderamente afectan a la vida de las personas. De manera, que por un lado, la comunicación que aspira a la verdad como proyecto humano y ontológico se vuelve invisible, y por el otro, todo pretendido cambio de paradigma se ve obstaculizado por una sobrecarga en los canales de comunicación. Es casi, como si los medios que tenemos para transmitir las pocas verdades reflexivas y racionales que nos quedan, estuviesen obstruidos por un exceso de desinformación, o de medias verdades que aciertan con alta efectividad en su deseo de volver inoperativo cualquier atisbo de cambio o transformación de la conciencia colectiva.

Vivimos tiempos peligrosos. A nadie que acierte a realizar una somera radiografía de la situación, se le escapa que el asunto que más nos debería concernir en estos momentos, no es el aumento o la regresión en los derechos a la hora de expresar a través de las redes nuestras opiniones, tantas veces superficiales, para que algunos puedan comentarlas y así satisfacer nuestro ego narcisista-adolescente, sino más bien averiguar si aún estamos a tiempo de trabajar en aras de encontrar ciertas verdades compartidas, como horizonte de reflexión capaz de evitar la futura barbarie. El totalitarismo no llegará de la mano de ciertas restricciones en Facebook, Twitter o WhatsApp, sino de la incapacidad generalizada para discernir entre los que es una mentira y una verdad, o peor aún, de la fuerza que la masa informe y ciega pueda propulsar en todas esas mentiras, que por no tener que desmentirse, avanzan con la fuerza de un ciclón arrasando todo atisbo de reflexión y de proceder moral que puedan encontrarse a su paso.

El asunto de la mentira requiere un análisis más a fondo, y ya acumulamos algunos análisis valiosísimos en la filosofía francesa del siglo pasado, así como en su sociología, o incluso en la Escuela de Frankfurt donde la propaganda es analizada con gran precisión. Pero no será suficiente, porque ahora ya no estamos solo en el campo de la posverdad, sino en el de la posmoral. Y es que no es solo que la verdad esté en crisis, es que la búsqueda de la verdad es una actitud ética ante la vida, y la ética tiene un alcance moral. Porque vivir en la mentira daña el mundo en el que vivimos y porque la consecuencia de las mentiras o del alejamiento de la verdad tiene unos costes incalculables. Por eso dice el profesor Miguel García-Baró: “El otro hombre es ya el prójimo que exige mi responsabilidad y que me juzga, que me importa en sentido moral. ¿Y acaso nace el hombre con este don? ¿Nacemos ya sirviendo al prójimo? ¿No es más cierto que un hombre escucha antes y mejor el ruido de la gente que la voz de su conciencia? Se aprende que el otro existe como digno de mi cuidado; y se aprende más quizá sin quererlo que adrede o buscándolo”. La duda que nos queda es si estamos en disposición de que eso suceda en el contexto social presente, o más bien, en vez de ayudar a su reconstrucción desde la alteridad lo estamos dinamitando.

En esa misma línea, Lévinas, hace ya muchos años, vino a recalcar la importancia del otro, y por tanto, a exigir que nuestra vocación ética fuese capaz de una exigencia infinita, pues solo desde ahí podía nacer la primera verdad capaz de sostener a las siguientes. La responsabilidad con el otro destruye la autocomplacencia y hace que nos esforcemos por perder esa ficticia soberanía en la que únicamente coincidimos con nosotros mismos. Porque en realidad, “ser yo” significa tener una responsabilidad, “como si todo el edificio de la creación reposara sobre mis espaldas, porque yo soy responsable como ningún otro y porque no hay nadie, que puede responder en mi lugar” –matiza, Lévinas-.

Pero a pesar de la crisis que estamos viviendo, y de la creciente posmoral, debemos tener esperanza. Nos siguen quedando algunas voces de referencia. Entre ellas, la de Miguel García-Baró: “Se es filósofo, o sea, un hombre de veras preocupado por la evidencia y la responsabilidad, un hombre libre que a la vez es rehén del prójimo, cuando se sabe absolutamente que el mal es el mal que podemos hacer y no el mal que nos pueden hacer. A Sócrates le preguntaron si, en su afán por ser bueno y su consiguiente despreocupación por parecerlo, no se daba cuenta de que iba derecho a consentir antes ser crucificado que ser un tirano. ¿Prefería el ridículo filósofo la cruz al poder? Ya sabéis lo que contestó, y sabéis que respondió hablando como se debe: perfectamente en serio”. Hace falta, hoy más que nunca, preferir el silencio antes que el ruido. Es incluso preferible recibir el daño antes que hacerlo, porque de lo primero no somos responsables, pero de lo segundo sí. Eso no significa caer en la inactividad, por el contrario, exige que vivamos como filósofos, porque en realidad la pregunta por la verdad es la única pregunta verdaderamente humana.

Algunos dirán que la verdad es algo confuso, extraño, inaprehensible, de acuerdo. Requiere esfuerzo, lo sabemos. Podríamos debatir con los clásicos si su origen está en el realismo o si por el contrario nace de la subjetividad como en la modernidad; si es producto de la intencionalidad fenomenológica o si su ubicación conceptual es la perspectiva o la doctrina del punto de vista, como en Ortega y Gasset; lo que ustedes quieran, pero lo que no podemos negar es que en todos esos casos hay una honestidad a la hora de buscarla, una responsabilidad vital, humana y ética. Y el no ir en su búsqueda es justamente el veneno de nuestra época. Porque quien camina en su búsqueda sabe de la dificultad, y también de la humildad que requiere. Quien la busca con ahínco, se sabe vulnerable y por lo tanto compasivo. Quien la desea honradamente, ayuda a los otros en esa misma tarea y comparte con ellos todo lo bueno con una responsabilidad y prudencia infinitas.

Ahora que todos reclamamos nuestra voz en la redes y nuestro espacio virtual, ya no podemos delegar en otros más “poderosos” para que gestionen nuestros atropellos, debemos exigir una responsabilidad enorme a cada ciudadano, y esta no consiste en quedarse en casa, consiste en meditar acerca de lo que uno hace y dice cada día de su vida. Decía Henryk Skolimowski que, “la tecnología ha banalizado nuestra vida, la ha despojado de calidad y ha reemplazado la espiritualidad con artilugios chabacanos. Muchas acciones han sido concebidas en un marco de referencia limitado. Dentro de ese marco limitado parecen tener un sentido y un propósito. Sólo cuando examinamos sus consecuencias en marcos de referencia más amplios y en periodos de tiempo más extensivos, vemos que son contraproducentes. Esta situación puede resultar confusa para el hombre pragmático, que simplemente se dedica a hacer cosas y no se entrega a una reflexión más amplia. Aunque estas personas nos puedan inspirar compasión, son responsables de las consecuencias de sus actividades a largo plazo. Ése es el significado de la responsabilidad: somos responsables no sólo de las consecuencias inmediatas de nuestras acciones, sino también de las que se producen a largo plazo. Si le damos a una persona arsénico en pequeñas dosis, el efecto acumulativo acabará matándola, aunque ninguna de ellas sea mortal en sí misma, y nos acusarán de asesinato”. Ahí está la clave, responsables a “largo plazo”, que viene a ser lo mismo que recalca la famosa frase de Los hermanos Karamazov, en donde Dostoievski dice: “cada uno de nosotros es culpable ante todos por todo y yo más que todos los demás”. Solo una responsabilidad infinita y una aspiración al bien permanente pueden hacernos salir de la posmoral. Quizás también la asunción de nuestra culpa, pues nadie está a salvo de esta masacre colectiva, que incluye a las personas que tenemos más cerca y acaba con el planeta.

Como afirma Miguel García-Baró: “El mal pésimo no es el que se me intente hacer con el desprestigio y el odio, sino el que surge de mi falta de responsabilidad por mi vida, o sea, brotando de mi propio corazón hacia fuera, hacia el prójimo”. Y es que como recalca el filósofo español, cuando hablamos de los otros no debemos disminuir para ellos, en lo que de nosotros dependa, el sentido de la vida y las cosas. No debemos contribuir en nada a que desesperen. Les debemos un máximo de responsabilidad en la verdad de lo que hacemos, en la seriedad con la que nuestras acciones les hablan y los tocan. Ayudar a reducir la confusión, reconocer nuestras equivocaciones, aprender a escuchar e incluso a callar, en algunos momentos, son muestras de grandeza y dignidad.

Concluyendo, la cuestión de la responsabilidad para con el otro debe nacer antes de la responsabilidad con nosotros mismos, y eso exige honestidad, una inclinación al bien moral, una transparencia que aspire a la verdad interior, o lo que viene llamándose, la autenticidad. Un camino incompatible con la incipiente posmoral que asola el mundo y que ha puesto el camino de la verdad en crisis. No necesitamos una verdad epistemológica que aspire a proyectar luz sobre los hechos (que también), sino una verdad anterior, interior, más sutil, una verdad profunda que justifique la adecuación entre nuestros valores (escogidos o heredados) y nuestras acciones. Acciones que incluyen el pensar y el decir, pues ambos movimientos del alma pueden salvar vidas o destruirlas. En eso reside la libertad, en hacerse responsable de lo que uno dice y hace, y de eso depende nuestra convivencia. Acciones que devienen políticas, porque hoy más que nunca, lo interior y lo exterior, lo público y lo privado, se entrelazan, caminan de la mano, y escriben a medias nuestro futuro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *