En esta nueva era que vivimos, nos estamos acostumbrando rápidamente a convivir con las guerras. En esta nueva era que nos toca transitar, hablamos con soltura de escudos antimisiles, de enjambres de drones y de lo que le cuestan al contribuyente. En esta nueva etapa que nunca imaginamos 5 años atrás, hablamos de tecnología de guerra y de su logística. La cultura de la guerra permea y en las conversaciones de bar se habla de la IA y de cómo sus algoritmos identifican objetivos tanto dentro como fuera del campo de batalla. Hablamos de la industria armamentística y del “negocio de las guerras” con una naturalidad estremecedora. Hablamos sobre la necesidad de invertir en seguridad y en paz cuando en realidad estamos hablando de muerte y destrucción. Eufemismos de esta época extraña que nos toca vivir.
Pero la pregunta que nos hacemos es ¿cómo se habla de la guerra en el mundo empresarial? ¿podemos abrazar la paz sin denunciar la guerra? ¿podemos denunciar la guerra sin señalar a sus causantes?. Al final nos han salido tres preguntas, una cosa nos ha llevado a la otra, perdón.
Somos conscientes de que la guerra tiene muchos matices y muchos ángulos. Claramente es un tema complejo y peliagudo en el que muchas organizaciones no se quieren meter. Pero desde Quiero nos seguimos haciendo esta pregunta ¿en dónde está el límite que valida en el mundo corporativo el posicionamiento, la crítica y el rechazo ante un conflicto armado? ¿sólo cuando no están en juego los intereses directos de una organización? ¿o simplemente es mejor no decir nada en un ejercicio virtuoso de diplomacia corporativa? ¿se puede ser una organización que se posiciona como agente social, como actor relevante para la construcción de una sociedad mejor tal y como suscriben sus propósitos, pero permanecer en silencio frente a las guerras? ¿alzamos la voz por la paz pero no nos atrevemos a cuestionar directamente la guerra?
He aquí una reflexión compartida sin ánimo de reproche ni señalamiento, nosotros no tenemos la respuesta. Tampoco buscamos simplificar una coyuntura altamente delicada y compleja. Pero lo que sí que buscamos es no dejar de cuestionar ni cuestionarnos lo que supone el silencio corporativo en las guerras. ¿Existe acaso un decálogo empresarial que establezca ante qué guerras puede una entidad posicionarse abiertamente y ante cuáles no?
En un mundo cada vez más polarizado, aligerar el ruido y evitar confrontación parece importante pero cuando una empresa tiene influencia y voz para llegar lejos, quizás su mensaje se convierte en una poderosa herramienta de construcción masiva. Empresas firmantes de Pacto Mundial de Naciones Unidas, que suscriben y se posicionan ante el mundo como actores relevantes para la paz global tal y como se argumenta en los 17 objetivos de desarrollo sostenible que defienden, ¿deberían posicionarse abiertamente y criticar un conflicto armado que causa muerte, dolor y toneladas de contaminación, pese a que existan intereses en juego en este nuevo tablero de la geopolítica mundial?
Ante la llegada del nuevo (des) orden mundial, en el que las reglas de juego dejan de ser válidas, y los esfuerzos y avances por la construcción de alianzas globales de un mundo globalizado, se convierten más que nunca en papel mojado, ¿no sería más necesario ahora precisamente, posicionarse ante la guerra y reivindicar la vía diplomática para la resolución de conflictos, respetando los organismos internacionales creados para ello? ¿cómo se gestiona el riesgo al compromiso?
El CEO de Palantir ya ha hablado y yo no estoy de acuerdo. Ya vamos 1-1
No tenemos respuestas, pero sí preguntas. Preguntas que nos incomodan.
Jose Illana
Fundador de Quiero y promotor de la Revolución de las Emociones
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