Salvar a las ballenas es salvarnos a nosotros mismos

Por Sandra Pina, directora general de Quiero y directora de Sustainable Brands Madrid.

La Comisión Ballenera Internacional prohibió en 1986 la caza de las ballenas. Para conmemorar esa decisión, cada 16 de febrero se celebra el Día Mundial de las Ballenas. Hay un día para todo, me diréis, pero este día es bien merecido.

Quizás nos fascinen las ballenas por su origen y evolución. Se cree que las ballenas existen desde hace 55 millones de años -somos unos bebés a su lado-, han sido capaces de adaptarse y prosperar incluso con cambios significativos del entorno.  ¿No os dan envidia? ¿Qué podemos aprender de ellas? ¿Seremos capaces de llegar a vivir 55 millones de años como especie?

Las ballenas quizás nos deberían fascinar por lo poco que sabemos de su grandeza. Cada dos o tres años aparecen noticias de una nueva especie de ballena desconocida que nos recuerda lo poco que sabemos de los océanos. Únicamente, una vez, en 1960, el hombre ha bajado al fondo del mar a 11 kilómetros de profundidad, y es por ello que el fondo marino es un mundo aparte. Las ballenas nos lo recuerdan.

También a algunos nos fascinan todavía las ballenas por Pinocho, Jonás e Ismael.  Quién no recuerda al famoso Pinocho y Gepetto luchando con todas sus fuerzas para escapar del monstruo. ¿Querría Jonás realmente salir de ese vientre mullido de la ballena? Lo dudo, yo creo que se estaba a gusto.

Melville con Moby Dick nos regalaba esa metáfora del mundo y la naturaleza humana en un barco, el Pequod, con ese capitán Ahab, un loco con el poder de arrastrar a los demás en su locura… ¿Os suena de algo?

A mí las ballenas me fascinan porque son el exponente claro de la grandeza y las miserias del ser humano. De lo que somos capaces de hacer como especie. Casi acabamos con las ballenas debido al desarrollo de la voraz industria ballenera para conseguir su preciado aceite.

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De la caza pasamos a la industria turística, que si se hiciera siempre de manera responsable parecería una buena opción.

Los únicos depredadores naturales de ballenas somos los humanos. Ahora las destruimos a través del medio ambiente natural con la contaminación de aguas y por plásticos, la sobreexplotación pesquera y el tráfico marítimo.

¿Seremos capaces de salvar a las ballenas? Es decir, ¿seremos capaces de dejar de ser una especie destructora que arrasa con todo? ¿Seremos capaces de dejarles a nuestros hijos un planeta para disfrutar o preferimos que anden con mascarilla? Salvar a las ballenas sería nuestra grandeza.

Una vez un cliente que estaba trabajando en esto de la Sostenibilidad y el negocio con Quiero nos dijo: “¿Pero no nos vais a proponer salvar ballenas? NO, hombre, no…»

Si nos lo preguntan ahora, le diría que SÍ, sin dudarlo.

Lo incremental ya no es suficiente, necesitamos de «Moonshot thinking», pensamientos que transformen. El resto está en la velocidad del cambio. Y va a ser divertido. Porque como decía Melville: «La ruta no está marcada en ningún mapa: los sitios de verdad no lo están nunca».

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